Fiebre de sabado (por la tarde)
Cuando el sol se asomó a mi ventana me hice conciente de las pocas horas, apenas un manojo, que me separaban de aquel encuentro que parecía haberse escapado de mis sueños. Pero era real. Tanto, que me había imaginado -y armado- mil discursos distintos, en los que no podían estar ausentes ni Neruda, ni aquel poema de Francisco Luís Bernardez "Estar enamorado" y mucho menos Mario Benedetti, de quien me aseguré en la memoria dos o tres versos, que supuse, terminarían con cualquier atisbo de defensa -con la flor que pensaba hurtarle a un jardín desprevenido en el camino completaría el intento- y de ahí me lanzaría a tocar el cielo con las manos...
La plaza, que antes fue cancha de fútbol improvisada, escondite de piratas en la infancia, hamaca que te hacía volar hasta el espacio infinito, tobogán de sueños... la misma plaza en la que fumé el primer cigarrillo y me creí un hombre, la que sirvió de excusa para cruzarte una y otra vez, al fin y al cabo una cómplice y a la vez una instigadora, permanecía casi igual a siempre, aunque par mi era distinta. Distintos sus jacarandaes, sus pinos inmensos, sus flores robadas, sus palomas multiplicándose en el viento.
El banco me supuso un oasis, allí me senté para pergeñar el asalto final a tu corazón, elaboré tácticas y estrategias, bosquejé acercamientos casuales, garabatee el beso en una maqueta de ilusiones y anhelos que me hacían latir el corazón como si un caballo salvaje galopeara en la pampa de mis primeras fantasías.
Fue entonces que en mi frente comenzaron a brotar pequeñas burbujas de transpiración -no puede ser estamos en otoño, pensé- y un calor se me subió a horcajadas de un infierno de temperaturas que no desconocía, pero que no debían estar ahí, justo ahí y en ese momento.
Después vino el temblor, el terremoto, el frío desprendiéndose como una enredadera de hielo por la espalda, la tos explotando en mil partículas, el pecho acelerado, la mirada encendiéndose como si el fuego de Hermes crepitara con violencia, la plaza desdibujándose como esos paisajes que observamos a través de un vidrio empañado.
La iglesia atormentándome en campanadas, martillándome el oído.
Y nunca supe si llegaste o no, nunca me atreví a preguntarte si concurriste a esa cita; quizás por que nunca me enteré como llegue hasta mi cama, como al abrir los ojos estaba un médico mirándome desde muy cerca, como al observar por la ventana ya era de noche y de aquel encuentro preparado como un estratega que concurre a la guerra solo quedaron los dibujos y los planos invisibles mezclados con las hojas que el otoño habrá barrido implacablemente.



