Las dos puntas de un mismo ovillo
"...Mario y Ramón, crecieron en cuerpos prestados, por eso decidieron ser lo que sentían, más allá de las razones de la lógica, la enfrentaron con sus vestuarios de otros, con sus maquillajes y voces que pugnaban por un acento que poco podía disimular su elección de vida..."
POR CLAUDIO LENCINA
Mario Atum y Ramón Galante quizás se cruzaron alguna vez por las calles de nuestra ciudad y a su modo se sentirían una mutua admiración; sobre todo, porque seguramente nunca uno y el otro habrán sabido el nombre que figuraba en sus documentos presuntamente apócrifos para el camino que habían decidido en sus vidas, porque uno era Pequeña Pe y el otro Roni o Gisela, nombres artísticos de un escenario de luces pobres y mortecinas para uno, las pobres y titubeantes luces de una esquina en la zona del Molino; luces de neón y de marquesinas para el otro, luces de fantasías las dos, de brillos mentirosos, de sombras tal vez mas oscuras que las que proyectaban sus cuerpos.
Quiso la casualidad que uno y otro decidieran, casi al mismo tiempo, hacer las valijas para irse a vivir a las estrellas; los dos sin explicaciones y dejando muchas preguntas, como naipes predigistados y jugados al azar de sus pobres y tristes destinos, cartas marcadas y con demasiadas trampas y escollos.
Mario y Ramón, crecieron en cuerpos prestados, por eso decidieron ser lo que sentían, más allá de las razones de la lógica, la enfrentaron con sus vestuarios de otros, con sus maquillajes y voces que pugnaban por un acento que poco podía disimular su elección de vida.
El ángel de la muerte los visitó casi al mismo tiempo, se los llevó del mundo de los mortales y dejó colgada en la puerta la incógnita y para muchos, propios y extraños, la incertidumbre.
FEBRERO SIN TI
Roni se volvió un personaje a fuerza de calles, de paradas en una esquina muy cerca del molino, de andar felino y ondulante, de palabras mal pronunciadas, de estertóreas risotadas, de trajes de carnaval de segunda mano que lo hacían brillar como una luminaria en los corsos populares, que este año sintieron su ausencia, él que era un amuleto de las murgas, ahora no estaba y todos se preguntaron donde estaba.
Pequeña Pe, saltó a la fama desde un escenario de luces cenitales, de colores mágicos y humo artificial en las madrugadas de un boliche, se fue armando desde su cuerpo contorneado y su rostro angelical, desde su glamour que lo llevó a la Calle Corrientes en la mismísima Buenos Aires, con su vestido rojo que se volvió un clásico y su peinado que lo intentaba proyectar casi hasta el cielo.
Para las crónicas policiales, que la visitaron por distintos motivos, Ramón y Mario eran "travestis", para la gente común y corriente, dos personajes de un circo que la vida propone con sus falsas urgencias y su necesidades cada vez mas virtuales.
La muerte, que a veces es tan meticulosa y no deja mas rastros que las lágrimas sentidas de los deudos, esta vez dejó por una casualidad casi perversa, muchas dudas; la muerte que de tan lógica a veces parece una ciencia exacta, esta vez dejó un margen de error que hasta pareciera ser una variable no controlable, un resultado que no cierra.
La muerte que es presuntuosa, tan omnipotente, tan cierta, tangible y contundente, esta vez se volvió dudosa... un lujo que no se puede dar, pero que el error la dejó al desnudo.
Si hay algo cierto es que tanto Roni como Pequeña eran los dos travestis, a su manera, más reconocidos de la ciudad, que eran personajes a su modo, famosos a su forma, que no pasarían desapercibidos por la vida... y que muchos menos pasaron desapercibidos en su muerte.
Quizás la gente puede creer que se fueron sin pedir permiso, porque los personajes urbanos no pueden dejarte de un día para el otro, pero se fueron y dejaron un vacío.
Fueron dos puntas de un mismo ovillo, superaron su condición y se proyectaron como lo que decidieron ser y esto es más que valorable en un mundo donde a diario nos intentan cambiar espejitos de colores, donde la mentira es moneda de uso corriente y donde las apariencias más que engañar dan asco. Ramón y Mario fueron auténticos.
Seguramente en el cielo se volverán a cruzar, quizás no se saluden, uno debe tener las alas de cartón pintadas a lápiz, el otro de tul y lentejuelas, pero si hay algo que es cierto, es que la muerte, así como no perdona, tiene esa rara forma de hacer justicia y darnos a todos el mismo valor y nos hace valer lo mismo.
Es increíble como nos iguala.






Comentarios sobre Las dos puntas de un mismo ovillo
quiero mi siervos asis que estan en el parque unzue de los cuatros solo sobrevive uno y esta en estado horroroso.x favor ayudame lo crie desde resien nacido .no dejes de contestarme.